Capítulo 2: El Guardián del Bosque (Parte 3 de 3)

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(…)

Dos pasos después salió del entorno luminoso y azulado para encontrarse en el interior del árbol en donde había conocido a Anthony.

A diferencia de la última vez, no había un catre sino tres; también había una mesa con cuatro sillas y un plato con frutas encima, al centro. En la pared del fondo, se observaban uno cuantos gabinetes de madera, y al igual que la vez pasada, la lámpara de aceite por encima de los catres.

Para sorpresa de Celeste, Anthony no se encontraba allí. Sin embargo, le había dejado una nota. Colocó suavemente a Solano en un catre y a Petotan en otro, previo a tomar la nota, la cual anunciaba escuetamente:

“Os veré pronto. Siéntanse como en casa”.

Sin pensarlo mucho, Celeste se dirigió a los gabinetes y encontró un bote lleno de florecitas de maní: sus favoritas. Emocionada, lo sacó y se sentó a la mesa a probarlas. Mientras devoraba las golosinas, inspeccionó el lugar con sus pequeños ojos cenzontlinos: la rusticidad de la madera de la mesa, la nitidez y sobriedad del amueblado, así como de la estructura del recinto, el silencio perfecto e incómodo y el tono amarillento que emanaba de la lámpara. Notó que la lamparilla oscilaba milimétricamente.

“Es probable que ese fuego sirva para algo más que para alumbrar; a juzgar por lo que he aprendido últimamente, el fuego puede tener más de un uso misterioso y extraño”, pensó.

“Y así es”, resonó la voz reverberante de Anthony, el cual apareció de repente de pie a la par de los catres.

“¿Cuánto tiempo llevas ahí parado?”, inquirió sorprendida Celeste.

“Mhh… no mucho”, meditó despreocupado.

“¿Puedes leer mi mente siempre en contra de mi voluntad?”, preguntó irritada.

“Por supuesto que no. Sólo cuando estáis dentro de mis dominios.”, respondió distraído el Guardián, mientras lanzaba y jugaba con una pequeña pelota de arena.

“¿Dominios?”, repitió ella en ansioso tono de pregunta.

“¿Qué os trae a vuestros amiguitos y a ti por aquí?”, preguntó, ignorando la plática anterior, y observando enternecida y fisgonamente a las papitas.

Solano comenzó a moverse. Se limpió la baba y abrió los ojos.

“¡Santas Raíces! ¡¿Qué es eso?!”, exclamó aterrorizado cuando vio a Anthony.

Petotan se despertó sobresaltado, debido a los gritos que emanaban de la boca de Solano. Se sentó en el catre y observó con sus enormes y brillosos ojos el personaje que tenía de frente, sin decir una palabra. De repente, comenzó a reír.

“Mira, Solano. Tiene mucho cabello púrpura en la cabeza”, dijo divertido.

Anthony estaba más que encantado: estaba emocionado.

“¿De qué diablos estás hablando?”, preguntó irritado Solano.

“Es un Homo sapiens; un hombre.”, reconoció rápidamente Petotan, “ya sabes, esos monos parlanchines que caminan sobre sus dos pies.”

“¿Y desde cuándo andas tan culto en biología, Petotan?, ¿eh?”, preguntó cínico el hermano.

Petotan no respondió. El Guardián comenzó a pasearse alrededor de los catres, mientras seguía jugando con su pelota de arena y contemplaba la discusión entre los hermanos Patata.

“Lo que no me explico…”, dijo Petotan como hablando consigo mismo, “claramente es un hombre muy extraño”.

Solano yacía asustado lo más alejado posible, con la espalda contra la pared. Nunca había visto algo como Anthony. Se dio cuenta que no conocía a su hermano tan bien como él creía, y comenzaba a sospechar que albergaba algunos secretos.

Anthony reaccionó con una franca y ruidosa carcajada al comentario de Petotan y dijo:

“No te asustes, Solano. Me llamo Anthony Veneficus Silva. Algunos me llaman el Guardián del Bosque. Soy un sacerdote; no voy a hacerte daño.”

“¿Y se puede saber exactamente qué es un sacerdote?”, preguntó desconfiado. Celeste estaba ansiosa por escuchar la respuesta a esta duda desde su silla en la mesa; nunca se había atrevido a hacerle muchas preguntas al Guardián, aunque sentía mucha curiosidad por saber más acerca de aquel extraño ser.

Anthony tardó un rato en responder; hasta que comenzó: “Hace mucho tiempo existió una pequeña comunidad de hombres (como bien dijo tu hermano, de Homo sapiens) que vivía en las montañas de todo el mundo, escondidos. Tenían impregnado dentro de sus genes una misión: gestionar y equilibrar la energía de todos los seres vivos en la Tierra. A diferencia del Homo sapiens sapiens (u hombre común), el Homo sapiens flaminis tenía la capacidad de manipular la energía a su antojo, aunque siempre bajo los principios de beneficencia, no maleficencia, autonomía y justicia; un Homo sapiens flaminis que no se rigiera bajo estos principios, tendría un destino tenebroso. En fin, por la obligación que tenía con el universo, este tipo de hombre era resistente a todo tipo de metales pesados, al calor y a la radiación, debido a que eran los medios que utilizaba para entrar en contacto con grandes cantidades de energía en flujo”.

“Vaya… Espera. ¿Por qué estás hablando en pasado?”, observó.

“Hace algunos siglos hubo una guerra… y los destruyeron a todos. Sólo yo sobreviví.”, dijo escuetamente.

“Osea que… ¿podrías matarnos ahora?”, inquirió Solano, abriendo en extremo sus pequeños ojos de papa.

“¡Ay! Solano, ¿No te fijaste que está de luto?”, gruñó Petotan.

“¿Quién sabe si a él no le importa tener un destino tenebroso y nos asesina aquí y ahora, Petotan? Eres un tonto.”, contestó groseramente Solano.

“¡No, tú eres el tonto!”, gritó el hermano y se cruzó de brazos.

De repente, sin prestar atención a los hermanos, interrumpió Celeste: “¿Qué ocasionó la Guerra? ¿Nadie se fijó que dijo siglos, verdad?”, a lo que Solano no hizo más que mirarla intensamente.

“Eso… será tema para otro día. Antes, hay que resolver la situación que los trajo hasta aquí”, culminó el Guardián, temporalmente, la conversación acerca de sus orígenes.

Anthony se acercó al catre de Petotan y se sentó. Tendió su mano, le ofreció la pequeña pelota de arena y le dijo:

“Recuerda que el poder sobre ti, sólo lo tienes tú”.

Petotan recibió la pelota y el mensaje sin comprender aún exactamente qué significaba aquello, pero intuía que tenía que ver con lo que Solano acababa de decirle. “Anthony es un hombre muy antiguo… ha de saber muchas cosas”, pensó, mientras contemplaba su nueva pelota, la cual no era más que un globo rojo, desinflado, relleno de arena y atado con un nudo.

“No tantas cosas; sólo las importantes”, exclamó el Guardián a la vez que abría la pequeña puerta de vidrio de la lámpara de aceite. Colocó su mano sobre la llama, la cual se convirtió en una bola mediana de fuego y quedó levitando sobre su palma. A continuación, Anthony aplaudió una vez muy fuerte y dibujo un círculo de fuego en el espacio con sus manos. A diferencia de la abertura de Celeste, ésta era luminosa y rojiza.

“No comprendo nada”, exclamó Solano.

“¿No querías conocer el mundo? Ya sabes… ¿lo que hay después del horizonte?”, interrogó retóricamente Anthony a Solano.

Solano enmudeció. ¿Cómo podía él saberlo?

“¡Arriba!”, los apuró el Guardián.

Acto seguido, todos corrieron y se introdujeron en la abertura rojiza, la cual se cerró detrás de Anthony, dejando el espacio intacto.

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Capítulo 2: El Guardián del Bosque (Parte 2 de 3)

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Descendió y colocó suavemente la hoja de plátano sobre el suelo, de modo que las papitas siguieran durmiendo. Aliviada, observó a su alrededor; estaban en un bosque tupido y oscurecido por la niebla: el lugar perfecto para lo que iba a hacer a continuación. Las plantas cercanas a la tierra eran escasas y las raíces de los árboles se abultaban por doquier.

Sacó de entre sus plumas, dos pedazos de un mineral; era la cuprita que Anthony le había obsequiado poco antes de emprender su viaje de regreso al huerto, después del accidente. No sabía mucho sobre la cuprita, pero el Guardián le había indicado que era una roca que podía conducir muy bien la electricidad y el calor, y que esas eran propiedades muy importantes para el trabajo que él hacía.

Se hincó y los frotó uno contra otro para formar un volcancito de polvo rojizo sobre la tierra, tal y cómo su nuevo y extraño amigo le había enseñado. Acercó el frente de su cabeza a la punta del volcancito de polvo, de modo que ella quedara en contacto con el mineral, mientras imaginaba una puerta púrpura y repetía en su mente: “Iglesia de San Luis- San Pablo”. Acto seguido, con la mano que le quedaba libre, encendió fuego con el encendedor barato, el cual había conseguido en una tienda callejera, y extendió su brazo lo más que pudo antes de acercarlo a la tierra.

Casi instantáneamente, luego del contacto del fuego con la tierra, se escuchó un ruido seco como de una pequeña explosión, y la tierra bajo sus pies vibró. Justo frente a ella, se fisuró el espacio y apareció una abertura luminosa y azulada. Tomó en sus brazos la hoja de plátano con las papitas y lentamente se introdujo en la fisura, sellándola con los movimientos circulares del encendedor en el aire, realizados justo en la frontera entre el exterior y el interior de la grieta.

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Capítulo 2: El Guardián del Bosque (Parte 1 de 3)

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Celeste, Solano y Petotan habían emprendido el vuelo. Las dos pequeñas papas estaban impresionadas por la vista de los paisajes y por la magnitud de la extensión de las tierras. Solano estaba eufórico: no daba crédito a la inmensidad del mundo. Sus ojos no alcanzaban a ver dónde terminaba. El viento y la brisa de la noche secaban sus pequeños y entrecerrados ojos. Petotan, sin embargo, había tenido una reacción ligeramente diferente: se había enroscado en el suelo y se tapaba los ojos. De vez en cuando los descubría para volverlos a cerrar, hasta que, temerosamente, se aferró a la orilla de la hoja de plátano que funcionada como una barandilla improvisada para así  vislumbrar el magnífico paisaje, a pesar de la resequedad que le producía el viento en su mirar; después de todo, no quería perderse de nada.

Celeste compartía la emoción primeriza de los pequeños. Le encantaba verlos tan sorprendidos. Sin embargo, comenzó a notar el dolor en sus patas y por encima de sus alas, detrás de la cabeza; la carga estaba pesada. Necesitaba descansar.

“¿Dónde podríamos reposar sin riesgo?”, pensó.

Recordó que hacía varios años había sufrido un accidente grave mientras se dirigía a las montañas del norte en el altiplano. Unas piedras se desprendieron de una ladera mientras ella inspeccionaba y seleccionada las pequeñas flores de maní que almacenaría como provisiones para el resto de su viaje. Las piedras cayeron; sintió un golpe en la cabeza y todo se volvió negro. Recuerda haberse despertado dentro de un árbol que no era el suyo y haber visto un Homo sapiens, observándola. “¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí?”, pensó. Este hombre era distinto a todos aquellos que había visto antes. Tenía los ojos desproporcionadamente grandes y brillantes; su pelo era largo y púrpura, la piel ligeramente anaranjada y los dientes eran llamativamente puntiagudos. También le sorprendió las perforaciones en su cara; unas esferitas redondas de algún metal pesado, una en la nariz y otra en el labio inferior. No podía distinguir entre si era un varón o una dama a simple vista;  el significado de las facciones de su rostro era confuso. Además, llevaba una túnica gruesa y pesada que le cubría todo el cuerpo, desde el cuello. Sin embargo, por el sonido de su voz, comprendió que era un varón:

“Celeste”, dijo, “Soy Anthony Veneficus Silva. Es un placer conocerte.”

A Celeste se le erizaron las plumas más internas. Había algo inquietante en su forma de sentarse y en su forma de verla. Los dientes tampoco ayudaban mucho, sobre todo porque a ella le habían enseñado a huir de todo aquel ser que tuviera dientes sin importar de qué tamaño fueran. Sin embargo, algo en su voz le transmitió tranquilidad, así como una sensación extraña y repentina de fuerza e ímpetu.

Pensaba que el lugar en el que se encontraban, habría de tener una buena acústica, debido al fuerte eco generado por la voz de Anthony; pero, por el sonido seco de su voz al contestar: “¿Cómo sabes mi nombre”?, comprendió que estaba ante un elemento de la naturaleza que aún desconocía.

“¿Quién eres?”, inquirió la pajarita, sin siquiera ponerse a pensar aún en la herida que las piedras le habían infringido.

“Pues, Anthony. Algunos me llaman el Guardián del Bosque.”, respondió sencillamente. A lo que Celeste reaccionó con el incremento descomunal de la interrogante en su mente.

Anthony guardó silencio esperando la siguiente pregunta, sin apartar la mirada de la de Celeste.

“¿Dónde estamos?”, preguntó Celeste, observando ansiosamente todos los elementos perceptibles: una pequeña lámpara amarilla de aceite que colgaba encima de su cabeza, el catre en el que estaba tendida, la abertura oscura infinita del tronco del árbol que se extendía por encima de Anthony y, justo frente a ella y detrás del Guardián, una abertura difusa, brillante y azulada del tamaño de una puerta.

“Digamos que estamos en mi casa”, contestó Anthony.

“Se parece a la mía…”, exclamó la cenzontle, a lo cual el Guardián respondió únicamente con una sonrisa brillante y pícara.

“¿Qué hay ahí?”, señalando la abertura luminosa y misteriosa.

Anthony se levantó de su banco, se colocó a la par de esa extraña puerta, y haciendo una reverencia actuada, al mismo tiempo que señalaba, le dijo en tono juguetón:

“Después de usted, señorita”.

Celeste no podía parar de ver la hermosa y brillante luz azulada…

De repente, regresó en sí. Solano y Petotan yacían tendidos en el suelo, acurrucados y plácidamente dormidos.

Ya sabía hacia dónde ir.

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Capítulo 1: El sueño (Parte 3 de 3)

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La noche se hizo día y la mañana llegó. Todo en el huerto era pura actividad. Las gallinas vendían sus huevos en el mercado comunal y así cada quien se ganaba la vida con lo que tenía. Las crías de pava jugaban con las mariposas que, divertidas, no se dejaban rozar. La comunidad de hormigas marchaba animada cargando los suministros del día de vuelta al hogar de la Reina Hormiga.

Para mientras, en la casa de los Tuberoso, todo transcurría con presunta normalidad. La Señora Tuberoso trabajaba sin parar:

“Dióxido de carbono adentro, oxígeno fuera; dióxido de carbono dentro, oxígeno fuera…”, repetía incansablemente.

 Su valioso esfuerzo le permitiría a ella y a los tubérculos cenar tranquilamente cuando el sol se ocultara. Durante el día, solicitaba a los pequeños a ayudarla a recoger agua de la tierra, quienes gustosamente, acumulaban dentro de sus posibilidades.

Ese día Solano no estaba tan animado como de costumbre. La Señora Tuberoso lo observó silenciosamente y cerca del fin de la jornada, le preguntó:

“¿Qué ocurre pequeño Solano?”.

“Nada, sólo estoy un poco cansado.”, contestó escuetamente.

Enrolló sus raíces alrededor de la papita, y susurró: “¿Qué ocurre, mi pequeño?”.

En presencia de la ternura, bajó guardia y confesó: “Nada, es sólo que tengo muchas preguntas.”.

“¿Qué preguntas?”, insistió.

Alterado, explicó: “Preguntas como, ¿qué hay allá donde se oculta el sol? O ¿existe algo más que el huerto?”.

La Señora Tuberoso le contempló un momento con un toque de nostalgia en su mirar. Resulta que la madre estaba completamente consciente del camino que el destino tenía preparado para algunos de sus retoños, tal y como lo conocía Celeste, la amiga cenzontle de Solano. No todos correrían la misma suerte, pero varios sí, como muchos hijos de la familia Tuberoso que precedieron a Solano y Petotan. Esperanzada, sin embargo, por la inquietud existencial del pequeño, decidió estimular el crecimiento de esta pequeña semilla que había surgido en su mente. Como llevada por un llamado de la intuición que le sugería que esta era la única oportunidad de Solano de vivir una vida distinta.

 Sin pensar más, se aventuró:

“Y dime, ¿qué crees que habrá allá en el horizonte?”, comenzó.

Inusualmente sorprendido, Solano tartamudeó: “No lo sé… tal vez otro huerto. Más grande. Y con otras criaturas”.

La Señora Tuberoso sonrió. Ciertamente, estaría dispuesta a incitarle que escapara. Sin embargo, no sería capaz de revelarle al pequeño su destino original. No quería terminar con su vida antes de que él intentara, por sí mismo, forjarse uno nuevo.

“Así es Solanito. Esa es alguna de las cosas que encontrarás allá afuera. Pero, hay mucho más”, contestó suspicaz.

¿Encontrarás?, repitió para sus adentros Solano. ¿Sería posible que su madre supiera de sus planes de escapar esa misma noche con Celeste que le mostraría un mundo nuevo?, pensó.

“Sin embargo, voy a advertirte, mi amado hijo. Lo que encontrarás allá afuera, no es nada parecido a lo que conoces.”, aclaró.

“Conocerás el dolor y el sufrimiento; el tuyo y ajeno por igual. Entenderás por qué el sol no siempre brilla. Pero escucha. No te asustes; no todo será malo. Así mismo, hallarás una belleza que aún tampoco conoces.”, continuó.

“Te deseo mucha suerte. No olvides que siempre estaré contigo.”, terminó sin más. Por último, le acarició suavemente las mejillas, en un gesto de amorosa despedida.

 Como si no hubiera sucedido nada, la madre continuó la labor. Ya eran cerca de las 7 y Solano, sin comprender ni una pizca de lo que acababa de suceder, se arrastró lentamente hacia la superficie, y observando que su madre se había hecho la desentendida, salió. Le entristecía enormemente dejarla. Y aún peor, pensar que no volvería a verla. Sin embargo, ya había tomado su decisión.

Celeste le esperaba en el lugar acordado, al pie del platanal. A medida que se acercaba a su amiga, observó como se sacudía las plumas divertida y se quitaba uno que otro ácaro con el pico; para nada glamorosa.

Enterándose que Solano ya se encontraba en su presencia, hizo como que recobraba la compostura, y un poco avergonzada, añadió:

“¿Listo?”

“Listo.”, contestó Solano, ignorando el bochorno.

“¿Traes tus pañales?”, bromeó la pajarita.

De repente, se escuchó un crujir de ramas cercano, en aquel silencio solitario de la noche. Ambos buscaron la localización del ruido temiendo encontrar lo peor…

“¿Qué diablos…?”, exclamó Celeste.

“¡Petotan! ¿Qué carajos estás haciendo?”, alegó exaltado Solano. “Casi me matas del susto”.

“¿A dónde van?”, preguntó inocente la papita.

“¡A un lugar que no te incumbe!”, rugió el hermano.

“Llévenme”, rogó la papita.

 “No”, negó Solano.

 “Ay, ¡vamos! ¿sí?, ¿sí?. Quiero ir.”, insistió e intentó convencer a Celeste con una mirada lastimera.

“Pues, por mí no hay problema”, aceptó amistosamente. Acto seguido y Solano enroló los ojos en señal de protesta.

Celeste se elevó por encima de los niños para ponerse en posición, no sin antes preguntar:

“¿Qué hay del resto de sus hermanos, chicos?”.

“Nada. Volveremos pronto. No se enterarán”, refunfuñó Solano.

“Ahora”, sin comentar nada al respecto, prosiguió Celeste, “recojan del suelo la hoja de plátano que he traído y colóquense ambos dentro de ella, uno después de otro”. Así lo hicieron los hermano, lo cual permitió a la cenzontle tomar con sus patas ambos extremos de la cáscara que había sido cortada únicamente una vez y por ende, parecía una sábana. Acto seguido, se elevó en el cielo.

“Vaya…”, insinuó con esfuerzo la pesada carga, sin terminar la frase.

Y así, los tres emprendieron el viaje hacia el horizonte.

Capítulo 1: El sueño (Parte 2 de 3)

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Solano y Celeste permanecieron ahí en silencio hasta que el sol desapareció en el horizonte. El resto de la tarde, a la pajarita estuvo rondándole en la cabeza la forma en la que procedería con su idea.

 ¿Y sí le mostraba a Solano la ruta para salir del huerto, sin mencionarle nada sobre la cosecha de papas? De esta forma, Solano y sus hermanos sabrían escapar cuando el momento llegara. Si le decía a su amigo tubérculo en qué consistiría su futuro cercano, definitivamente lo salvaría. Sin embargo, la Señora Tuberoso sabría de su hazaña al notar la ausencia de los pequeños y se habría de quedar con un enemigo por el resto de sus días en el huerto. No tenía otro lugar a dónde ir, así que le convenía evitar problemas y mantener una buena relación con sus vecinos.

 Celeste apreciaba a Solano, mas la única solución viable era mostrarle la salida y dejarle a su suerte. Cuando las estrellas comenzaron a verse relucientes en el cielo, se decidió y dio inicio al plan.

1 (1)(Fuente: http://www.anwaarulislam.com)

“Oye, Solano. Ya se me ocurrió cómo enseñarte qué hay allá donde se ve que se oculta el sol”, le dijo.

“Pero, ¿cómo vas a llevarme sin que mamá se de cuenta?”, preguntó la pequeña papa.

“Lo haremos de noche. Nadie lo notará. Mañana a las 7. Te veré al pie del platanero.”, dijo por fin Celeste.

Esa noche, Solano regresó a las profundidades de la tierra muy inquieto. Estaba por emprender un viaje fuera del huerto, algo que tenía estrictamente prohibido; alejarse de todos y de todo lo que conocía. Cuando lo soñaba, le parecía emocionante. Ahora, le parecía atemorizante. Cualquier cosa podría pasar. ¿Y si no regresaban? ¿Si les sucedía algo en el camino? ¿Por qué mamá se lo prohibía? ¿Qué clase de peligros se corría allá afuera? Empezó pensando en todo aquello ligeramente nervioso, y terminó temblando de miedo. Cuando en eso:

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“¿Tienes frío o qué Solano?”, le preguntó Petotan, su hermano gemelo, una papa del mismo tamaño que solano, pero con más lunares y una protuberancia enorme que tenía sobre la cabeza.

“Sí, muero de frío”, mintió.

“Pero, si estamos a más de 30°C. ¿Qué ocultas?”, intuyó astuto.

 “No lo sé. Cállate Petotan. Quiero dormir.”, culminó duramente.

“No se diga más.”, aceptó cínico.

Petotan divagó unos minutos antes dormirse. De repente, se observó a sí mismo y a Solano sentados cerca de la cerca del huerto. De repente una gran bola de fuego los envolvía a ambos y acto seguido aparecían flotando en el cielo. Reían. Solano comenzó a perder la piel y vio su propia piel también separándose de la carne. Las risas se convirtieron en gritos y en llanto. Cayeron y el golpe con el suelo le despertó. Aún sentía el miedo del sueño.

A lo lejos se escuchaban los grillos y las cigarras. “Sólo fue un sueño”, pensó para sí mismo Petotan. Se acomodó y volvió a dormir profundamente sin saber que Solano yacía a la par suya sin poder conciliar el sueño. Y así permaneció el resto de la noche hasta el amanecer, cuando sus vecinos, los cenzontles, anunciaron el comienzo del crepúsculo.

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Capítulo 1: El sueño (Parte 1 de 3)

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Todos somos llamados alguna vez a hacer algo mientras vivimos. No hablo sólo de los humanos; también de los animales, las plantas y las papas. ¡Sí! Así es. Las papas; esos tubérculos redondos y deformes, cafés por fuera y amarillos por dentro. Así que el que dice que no sirve para nada, no podía estar más equivocado. Pero, ¿cómo saber a qué se está llamado hacer?

Esta misma pregunta se la hizo el Señor Patata, hace mucho tiempo cuando aún era una papa fresca. En el huerto de su madre, convivían toda clase de señoras hortalizas, árboles frutales y bienaventurados bichos y pájaros. La comunidad del huerto estaba rebosante de actividad desde el amanecer hasta el anochecer.

Al Señor Patata, en ese entonces conocido por su madre y sus hermanos como Solano, acostumbraba a deslizarse a la superficie de la tierra para contemplar el atardecer. Durante estos breves momentos, pensaba. Se preguntaba qué habría allá donde se ve caer el sol. ¿Habría algo más que el huerto?

799cf9d52983bfc566a78d9c1804069d.jpg(Fuente: http://www.ngepluk.com)

Una de esas tardes, a su lado se posó Celeste, una pajarita de la familia de cenzontles que habitaba el platanero vecino.

 “Es de mala suerte que te asomes a la superficie, ¿sabes?”, le dijo Celeste.

 Solano calló un instante y sin poder contenerse, soltó con ansia la pregunta: “Celeste, ¿qué hay allá donde se ve que se oculta el sol? Tu vuelas. ¿Nunca has ido hasta allá?”.

 “¿No se lo has preguntado a tu madre?”, dijo.

 “Sí, pero dice que no debería de estar haciendo preguntas y me ha prohibido salir a la superficie. Me aburro ahí abajo, ¿sabes? Mis hermanos temen desobedecer, pero también quisieran salir”, contestó.

 Celeste dirigió la vista pensativa hacia las praderas lejanas tapizadas de colores varios. La primavera iniciaba y, ciertamente, no podía esperar a emprender vuelo a los campos para saborear las diminutas flores de maní. ¿Debería de contarle un poco sobre las colinas y los lagos? ¿Sobre cómo la primavera es alegre, el otoño ve caer las hojas y en el invierno los osos se guardan en sus madrigueras? ¿O sobre las atemorizantes tempestades nocturnas para que así decidiera no salir más a la superficie?

arizona-2012-195404(Fuente: http://www.pdmphotos.wordpress.com)

Había una realidad que Celeste penosamente conocía y que temía mostrarle a Solano: la existencia del mercado humanos, el cual era el destino de la pequeña papa para terminar sus días. ¿Qué querría su madre para él? ¿Creería que con prohibirle salir a la superficie evitaría el temido momento en que serían cosechados todos los jóvenes tubérculos? Sin embargo, la joven cenzontle era prudente y sabía que no le correspondía interferir con las decisiones de la Señora. De repente, tuvo una idea.

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